Si se tiene en cuenta que para mediados del siglo la población mundial llegará a los 10 mil millones de habitantes, ya no podemos continuar hablando de abundancia, de un lado porque si con la inequidad incremental llevando a la pobreza a 821 millones de personas que en 2019 estaban en situación de inseguridad alimentaria, la cuantía con o sin pandemia tiende a intensificarse, y también -sobre todo-, porque con la cultura del despilfarro que caracteriza al capitalismo salvaje, al año 2020 se ha superado la biocapacidad del planeta en un 75%.
El crecimiento económico mundial centrado en el PIB, aunque se afirme que nuestro sistema económico ha reducido la pobreza y mejorado los niveles de vida significativamente (Banco Mundial, 2013), dicho modelo, además de haber propiciado una distribución desigual de la riqueza y enquistado la cultura del consumo, explica por qué las personas que pasan hambre en el mundo, crecieron en 60 millones entre 2014 y 2019, alcanzando una cifra de 690 millones, razón por la cual las Naciones Unidas, ya ponen en duda el logro del hambre cero para 2030.
Para empezar, con el creciente bienestar mundial asimétrico asociado al ingreso, las personas favorecidas que buscaron cubrir su demanda de proteínas, durante lo corrido del siglo han elevado en un 30% el consumo global de carne, sobre todo en China y América Latina, situación que conlleva a un incremento de la tierra necesaria para producir más forraje, cuando ¾ partes de la superficie agrícola mundial ya se está empleando para actividades pecuarias, en un sector que explica el 25% de los gases de efecto invernadero. Así como la demanda humana varía entre los países, la capacidad de la naturaleza para proveer bienes y servicios, es decir, la biocapacidad, también está distribuida de forma desigual.
El sector europeo de la ganadería intensiva depende de la soya, casi toda proveniente de Sudamérica, para satisfacer la demanda de productos cárnicos y lácteos: de los 46 millones de hectáreas dedicadas a la producción de soya, la demanda de la Unión Europea requiere un área de 13 millones en Sudamérica. Surgen entonces dos preguntas: ¿cómo producir alimentos sin afectar el clima ni expandir la frontera agrícola?, y también, si queremos mitigar el cambio climático, ¿cómo reducir la huella de carbono de las actividades agrícolas cuando dos mil millones de personas obtienen su sustento de la agricultura?
A futuro, una opción será implementar cultivos verticales con grandes posibilidades empleando un modelo de economía circular en edificios de varios pisos, donde además de confinar el ganado y producir forraje se utilicen biodigestores; otra opción, el cultivo de proteínas mediante la carne in vitro cultivando células musculares extraídas previamente, lo que evita sacrificar animales; también estaría la alternativa vegetariana con variantes como las microproteínas obtenidas de setas, alimento cuyo consumo con 13 mil años de antigüedad aporta grandes beneficios; o la entomofagia aunque el consumo de insectos como langostas, saltamontes y larvas, es sólo un asunto de costumbre.
Ahora, si lo anterior solo resuelve el problema de la huella ecológica con sus efectos sobre el cambio climático, al restarle presión a la creciente demanda de hectáreas necesarias para producir el alimento vegetal o la superficie de pastos para el ganado, y de agua para producir peces, facilitando de paso la expansión de bosques y reduciendo el CO2 derivado de nuestro consumo energético, aún quedaría por resolver el problema del acceso a los alimentos, un tema asociado a la pobreza que afecta a los países en desarrollo, pese a tratarse de un derecho fundamental: el de disponer de alimentos suficientes y nutritivos.
Como evidencia, con la pandemia la crisis alimentaria para el 2020 que ya se ha agravado en 10 países: Afganistán, África Occidental, Congo (RDC), Etiopía, Haití, Siria, Sudán, Sudán del Sur, Venezuela y Yemen, también la inseguridad alimentaria amenaza a países de renta media como India, Sudáfrica o Brasil. Acaso, pese a que prosigue la degradación ambiental estaremos empezando a entender que un medio ambiente natural diverso, saludable, resiliente y productivo, además de ser la ruta hacia un futuro ecológico sostenible, ¿es también el pilar de un futuro próspero, justo y seguro para la humanidad?
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* Profesor Universidad Nacional de Colombia [Ref.: La Patria. Manizales, 2020-07-27]
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